Oficio: rehabilitadora profesional de gamines

Que levante la mano la mujer que no intento rehabilitar al menos un gamin en su vida.

A mi por ejemplo, mis amistades me recuerdan como una rehabilitadora profesional. Entre más gamin fuera el tipo (perro, frío, desinteresado y picado a chimba, como decimos en mi país) a mi más me gustaba. No se, era como una especie de reto que yo sentía que debía superar. El premio no era más que llenarme el ego diciendo que yo había logrado lo que muchas no, “cambiarlo”.

Cabe resaltar que en aquellos tiempos yo aún era demasiado inmadura como para entender que la ‘tarea’ de rehabilitar gamines no era nada gratificante, porque durante el proceso se sufrían bastantes decepciones, sin embargo, siempre me aventaba.

No sé si alguna vez han conocido alguien que siempre consigue lo que quiere, como si el universo conspirara para darle justo lo que esperaba. Bueno, exactamente eso era lo que me pasaba con los patanes que me gustaban. De verdad no exagero al decir que yo siempre fui tipo, ‘donde pongo el ojo, pongo la bala’ con los tipos, es decir, identificaba el ‘gamin’, le ponía el ojo y no se de que manera se alineaban las cosas pero terminaba obteniendo lo que yo quería. Lo que venía después era el reto personal, “rehabilitarlo” y demostrarme a mi y al mundo entero que el susodicho había “cambiado” por mi. Lo pongo entre comillas porque gamin que se respete, siempre regresa a sus andanzas.

El lado no tan rosa de rehabilitar gamines

Lo que entendí con el tiempo es que la pasión por la rehabilitación de gamines no era precisamente un acto benéfico con la sociedad, sino, un proceso en el que buscaba dejar completamente fuera de juego el corazón y lograr obtener toda la diversión y placer sexual que no involucrara ningún tipo de sentimiento.

Todo va viento en popa cuando conocemos el gamin que nos mueve el piso y que además resulta ser todo lo que soñamos en la cama. Lo mejor de todo, no se hacen reclamos ni se piden explicaciones. Cada quien hace lo que le viene en gana y cuando quieren verse acuerdan la hora y el lugar para pasar el buen rato.

Hasta ese momento la cosa pinta de maravilla, el problema inicia cuando se nos olvida que es pasajero, comenzamos a involucrar el corazón y empezamos a sentir la necesidad de rehabilitar el susodicho.

En el mejor de los casos logramos sentirnos victoriosas. Parece ser que el tipo dejó su pasado atrás por amor y es entonces cuando nos aventamos a salir de la mano con nuestro recién rehabilitado, cómo exhibiendo el trofeo al resto del mundo con una sonrisa de oreja a oreja y parece que por fin encontraste tu príncipe azul, el papá de tus hijos. Todo va tan perfecto, son una pareja envidiable y de un momento a otro…

Recuerda, gamin que se respete, siempre vuelve a sus andanzas.

Así que la pregunta que debemos hacernos es, ¿realmente vale la pena jodernos la vida rehabilitando gamines?

La respuesta mía es, definitivamente NO.

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